La herencia de mi abuela es materialmente precaria, voluptuosamentec escasa, ínfimamente tangible. La legacía de mi "antaña" bucea bajo la rutina de la piel rosada, llega hasta el plasma de mi esencia, al alma de mi física, a la meta de mi encarna. Elevo mis ideas a la enésima potencia de su recuerdo, y cae pesada la imagen de sus ojos azul cielo. ¡Qué sabiduría verborréica, sí, oiga, que no hace falta la universitas para crear corrientes, mover masas y filosofar sobre lo inevitable. La escuela de mi abuela era terrenal, anodina, burda, pero sobre todo audaz. No como aquella donde acuden los demonios viejos, esos que cuelgan el saber de un árbol y se olvidan de recogerlo.
El antepasado de mi presente anidaba en su mente un invertebrado dictador, aquel denominado "verme carpinteiro", que en lengua vernácula de la amiga Rosalía... dícese del gusano carpintero. ¡Ay, gusanín!, qué listones introduces por vía subliminal. Qué martirio tu incesante martillear. Qué subyugante tu autoridad moral... aquella de la que no escapa ni el respirar. ¡Ay, gusanín!, tú que cuidas de mi volátil voluntad, al límite de la asfixia, sin más.
La herencia de mi abuela posee un doble filo, como las hojas de las palabras-cuchillo, como las miradas sin catalogar (...)
apathetic
sleepy
calm
weird